Cada 24 de marzo se conmemora el Día Mundial de la Tuberculosis, una fecha que recuerda el descubrimiento de la bacteria causante de esta enfermedad por parte del médico alemán Robert Koch en 1882. La efeméride invita a reflexionar sobre una enfermedad que durante siglos fue una de las principales causas de muerte en el mundo.
La tuberculosis es una enfermedad infecciosa causada por la bacteria Mycobacterium tuberculosis. Se transmite por el aire a través de pequeñas gotas expulsadas al toser, hablar o respirar. Aunque hoy existen tratamientos eficaces, durante gran parte de la historia fue temida por su alta mortalidad y por la ausencia de una cura.
Durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX alcanzó dimensiones pandémicas. Era conocida como la «peste blanca» debido a la palidez extrema, el adelgazamiento progresivo y la tos con sangre que provocaba. En algunas ciudades llegó a causar una de cada cuatro muertes.
Su impacto fue tan profundo que también dejó huellas en la cultura popular. Algunos historiadores consideran que ciertos relatos sobre vampiros pudieron estar relacionados con comunidades afectadas por la tuberculosis. La palidez, los ojos hundidos y las muertes sucesivas dentro de una misma familia alimentaron creencias sobrenaturales en una época en la que aún se desconocía el origen de la enfermedad.
Antes de la aparición de los antibióticos, el tratamiento se basaba principalmente en medidas ambientales. Los médicos recomendaban reposo, buena alimentación, exposición al sol, aire puro y aislamiento de los pacientes. Por esta razón surgieron numerosos sanatorios ubicados en montañas o zonas costeras, donde las personas afectadas permanecían durante meses e incluso años.
En ese contexto se utilizó la lámpara que hoy forma parte de la colección del Museo Austral de Anestesiología. Perteneció al Hospital Astra y fue fabricada por la firma alemana Heraeus Hanau, reconocida por el desarrollo de equipamiento médico y científico.
Se trata de una lámpara de radiación ultravioleta. Aunque no curaba la tuberculosis, cumplía una importante función preventiva: la radiación dañaba el material genético de bacterias y otros microorganismos, dificultando su reproducción y ayudando a mejorar las condiciones sanitarias de los espacios cerrados.
El panorama cambió en 1943 con el descubrimiento de la estreptomicina, el primer antibiótico eficaz contra la tuberculosis. La lámpara ultravioleta del Hospital Astra nos recuerda aquella etapa previa a los antibióticos, cuando el aire puro, la luz solar y la radiación ultravioleta formaban parte de las principales herramientas disponibles para enfrentar una de las enfermedades más temidas de la historia.