La anestesia general transformó la medicina. Por primera vez, un paciente podía atravesar una cirugía inconsciente, sin dolor y sin recordar lo ocurrido. Sin embargo, pocos años después comenzó una segunda revolución: la anestesia local. La idea parecía imposible para la época. ¿Era posible eliminar el dolor sin perder la conciencia?
La respuesta comenzó a construirse lejos de los quirófanos. Entre 1857 y 1859, la fragata austríaca SMS Novara realizó la primera gran expedición científica de la marina austrohúngara. Tras dar la vuelta al mundo, regresó a Viena con más de 26.000 muestras botánicas y zoológicas. Entre ellas viajaban 25 kilos de hojas de coca procedentes de Sudamérica.
Por esos mismos años, el médico, neurólogo y antropólogo italiano Paolo Mantegazza residía en Argentina. Allí observó cómo los pueblos andinos utilizaban la coca desde hacía siglos para combatir el cansancio y el hambre. Fascinado por sus efectos, comenzó a experimentar consigo mismo y describió una sustancia capaz de aumentar la energía y la claridad mental. Sus escritos despertaron el interés de científicos europeos y contribuyeron a difundir el estudio de la planta.
En 1859, el químico alemán Albert Niemann logró aislar por primera vez el principio activo de las hojas de coca y lo bautizó cocaína. Años más tarde, el laboratorio Merck consiguió sintetizar pequeñas cantidades de la sustancia, que comenzó a circular entre médicos e investigadores. Incluso existe la teoría de que la palabra «merca», utilizada en Argentina como sinónimo de cocaína, podría derivar del nombre de ese laboratorio.
Uno de los interesados en aquellos estudios fue un joven médico vienés llamado Sigmund Freud. Freud experimentó con la cocaína y la recomendó para diversas afecciones, desde la fatiga hasta la dependencia a la morfina. En 1884 publicó Über Coca (Sobre la coca), donde observó que la sustancia producía adormecimiento y pérdida de sensibilidad en ciertos tejidos. Sugirió entonces que podría utilizarse como anestésico local, aunque nunca llegó a demostrarlo experimentalmente.
Quien sí lo hizo fue el oftalmólogo Carl Koller. Inspirado por las observaciones de Freud, aplicó gotas de cocaína en los ojos de animales y comprobó que perdían sensibilidad sin perder la conciencia. Tras repetir los experimentos y confirmar los resultados en humanos, presentó sus hallazgos en el Congreso Oftalmológico de Heidelberg en 1884. Había demostrado que era posible bloquear el dolor de manera localizada sin producir pérdida de conciencia: nacía la anestesia local moderna.
El descubrimiento revolucionó la cirugía oftalmológica y se expandió rápidamente a otras áreas de la medicina. Fuera de los hospitales también surgió una verdadera fascinación por la coca. Vinos, tónicos y bebidas la incorporaron entre sus ingredientes; incluso la Coca-Cola contenía pequeñas cantidades de cocaína hasta 1903.
Con el tiempo, los efectos tóxicos y adictivos de la sustancia impulsaron la búsqueda de alternativas más seguras. En 1904 apareció la procaína o novocaína y, décadas más tarde, la lidocaína marcó un nuevo avance por su eficacia y seguridad. A lo largo del siglo XX surgieron anestésicos cada vez más precisos y confiables, consolidando a la anestesia local como una herramienta fundamental de la medicina moderna.