A mediados del siglo XIX, la cirugía atravesaba una transformación sin precedentes. La introducción de la anestesia con éter en 1846 había demostrado que era posible realizar operaciones sin dolor, pero los médicos continuaban buscando sustancias que fueran más fáciles de administrar y produjeran una inducción anestésica más rápida. En ese contexto apareció el cloroformo, un compuesto que durante pocos años se convertiría en uno de los anestésicos más utilizados del mundo.
El cloroformo (CHCl₃) es un líquido transparente, incoloro, no inflamable y más denso que el agua, caracterizado por su aroma etéreo. Había sido obtenido por primera vez en 1831, casi simultáneamente por Samuel Guthrie en Estados Unidos y Eugène Soubeiran en Francia. Sin embargo, sus propiedades anestésicas no fueron reconocidas hasta noviembre de 1847, cuando el médico escocés James Young Simpson, profesor de Partería de la Universidad de Edimburgo, descubrió accidentalmente sus efectos durante una serie de experimentos realizados junto a sus colaboradores Matthew Duncan y George Keith.
Tras inhalar la sustancia, los tres médicos experimentaron una breve sensación de euforia seguida de una pérdida repentina del conocimiento. Al recuperar la conciencia, Simpson comprendió que había encontrado un nuevo agente capaz de producir anestesia general. Apenas cuatro días después comenzó a utilizarlo para aliviar el dolor durante el parto y publicó sus observaciones en un folleto titulado Account of a New Anaesthetic Agent. En pocas semanas, el cloroformo comenzó a desplazar al éter en numerosos hospitales.
Su administración era inicialmente muy sencilla. Simpson recomendaba verter pequeñas cantidades de cloroformo sobre una esponja, un pañuelo o una pieza de lino, que luego se colocaba sobre la boca y la nariz del paciente para que inhalara los vapores. Durante décadas se utilizaron compresas empapadas, conos de alambre y máscaras abiertas o semiabiertas.
La difusión internacional de este anestésico fue extraordinariamente rápida. Hacia fines de 1848, apenas un año después de su introducción en Europa, el médico John William Mackenna ya lo empleaba en el Hospital Inglés de Buenos Aires, convirtiendo a la Argentina en uno de los primeros países de América en adoptar esta innovación médica.
La popularidad del cloroformo aumentó aún más en 1853, cuando el médico inglés John Snow lo administró a la reina Victoria durante el nacimiento del príncipe Leopoldo. La aceptación pública de la anestesia obstétrica recibió un impulso decisivo gracias a este acontecimiento y contribuyó a consolidar el prestigio del nuevo anestésico.
Sin embargo, el entusiasmo inicial pronto se vio acompañado por preocupaciones crecientes sobre su seguridad. La primera muerte documentada asociada al cloroformo fue la de Hannah Greener, una joven de 15 años que falleció en enero de 1848, apenas dos meses después de la introducción clínica de la sustancia. Durante décadas, médicos e investigadores debatieron si estos accidentes eran consecuencia de problemas respiratorios o si el cloroformo ejercía efectos directos sobre el corazón. Finalmente, en 1911, el Dr. Alfred Goodman Levy demostró que podía desencadenar fibrilación cardíaca, confirmando uno de los principales temores de la comunidad médica.
A pesar de estos riesgos, entre 1865 y 1920 el cloroformo fue utilizado en entre el 80 y el 95 por ciento de las anestesias realizadas en el Reino Unido y los países de habla alemana. Su uso comenzó a declinar con el desarrollo de nuevos anestésicos inhalatorios, la mejora de los equipos de administración y la aparición de fármacos más seguros.
La ampolla conservada en nuestro museo constituye el testimonio material de una sustancia que marcó un antes y un después en la historia de la cirugía. Su utilización permitió ampliar enormemente las posibilidades de la medicina moderna, pero también impulsó el desarrollo de estudios sobre seguridad anestésica, monitoreo y control de dosis. La historia del cloroformo recuerda que muchos de los avances que transformaron la atención de los pacientes surgieron de un delicado equilibrio entre innovación, experiencia clínica y comprensión de los riesgos asociados a cada nuevo descubrimiento.