Inhalador de Ombredanne
A comienzos del siglo XX, el cirujano francés Louis Ombredanne buscaba una alternativa más segura a los métodos anestésicos de su época. Crítico del uso del cloroformo y partidario del éter, cuestionaba los inhaladores cerrados utilizados en ese entonces, ya que obligaban a retirar periódicamente la mascarilla para permitir la entrada de aire fresco. Con el objetivo de lograr una anestesia más estable y segura, desarrolló un sistema semicerrado capaz de combinar cantidades crecientes de vapor de éter con una renovación controlada del aire inspirado, regulando simultáneamente la concentración del anestésico, el aporte de aire fresco y la proporción de aire espirado que el paciente volvía a inhalar.
El proyecto surgió en 1907, cuando su maestro, el profesor Nélaton, le encargó diseñar un aparato más seguro después de dos accidentes anestésicos mortales. El primer prototipo fue construido de manera artesanal utilizando una lata elíptica de metal para dulces recubierta con fieltro embebido en éter. Incorporaba una entrada de aire graduada y una cámara de reserva respiratoria.
El inhalador fue probado en más de 300 pacientes durante seis meses y posteriormente presentado ante la Sociedad de Cirugía, donde obtuvo una rápida aceptación. A partir de entonces se introdujeron diversas modificaciones: el depósito elíptico original fue reemplazado por una cámara esférica y la mascarilla pasó a estar separada del depósito. También se comprobó que rellenando todo su interior con fieltro se obtenían concentraciones más adecuadas de vapor anestésico, evitando también que el éter líquido pudiera derramarse sobre la vía aérea del paciente. Otra innovación fue la adopción de una vejiga urinaria de cerdo como bolsa de reinhalación, más liviana y flexible que las pesadas bolsas de goma utilizadas en otros aparatos de la época.
En su parte superior poseía una tapa desmontable que permitía cargar aproximadamente 150 gramos de éter, cantidad suficiente para una hora y media de funcionamiento. La mascarilla disponía de dos anillos destinados a los pulgares del anestesista, mientras los demás dedos sostenían la mandíbula del paciente para obtener un ajuste adecuado. Sin embargo, el aparato pesaba cerca de cuatro kilogramos, por lo que debía sostenerse manualmente durante toda la intervención, una tarea físicamente exigente para quien administraba la anestesia ya que no disponía de ningún apoyo.
Su funcionamiento era relativamente sencillo. En la posición 0 se interrumpía el paso de éter y el paciente inhalaba una mezcla compuesta por partes iguales de aire fresco y aire previamente respirado. En la posición 8, el depósito de éter permanecía completamente abierto y el paciente inhalaba una mezcla de éter y aire; sin embargo, la escasa entrada de aire fresco podía resultar insuficiente para corregir la hipoxemia (disminución del oxígeno en la sangre) y la hipercapnia (acumulación excesiva de dióxido de carbono). Las posiciones intermedias permitían regular progresivamente la cantidad de vapor anestésico inhalado, la proporción de aire fresco incorporado y el volumen de aire reinhalado, logrando un control más equilibrado de la anestesia. Gracias a este sistema, el inhalador de Ombredanne representó un importante avance en la seguridad de la anestesia inhalatoria con éter.
Aun así, anestesiar seguía siendo una tarea compleja. Las inducciones con éter eran frecuentemente agitadas y en ocasiones dramáticas. Durante la fase de excitación anestésica, los movimientos convulsivos involuntarios podían alcanzar tal intensidad que varias personas debían sujetar al paciente mientras el anestesista intentaba mantener la mascarilla en posición. El inicio de una respiración profunda, regular y ruidosa marcaba la estabilización de la anestesia y el comienzo de la cirugía. Ese característico ronquido respiratorio constituía además una referencia auditiva fundamental para el equipo quirúrgico. En aquella época, el cirujano era considerado el principal responsable de la anestesia y dirigía su administración, indicando cuándo aumentar o disminuir la graduación del aparato o cuándo retirar momentáneamente la mascarilla para permitir que el paciente respirara aire fresco.
Fabricado por la firma francesa Collin, el inhalador de Ombredanne se difundió rápidamente por Europa y América Latina. Su empleo contribuyó al progresivo abandono del cloroformo y modernizó la administración de éter en numerosos hospitales. Fue especialmente popular en anestesia militar y obstétrica, utilizándose durante décadas y permaneciendo en servicio hasta mitad de siglo XX. De hecho, existen registros de su empleo incluso durante la Guerra de Malvinas. Su sencillez y confiabilidad permitían obtener resultados bastante aceptables para la época, incluso en manos relativamente inexpertas, cuando la anestesia aún era administrada con frecuencia por practicantes, enfermeros o estudiantes de medicina. Paradójicamente, algunos historiadores consideran que ese mismo éxito retrasó el desarrollo de la anestesiología como especialidad médica, ya que parecía demostrar que la administración anestésica podía realizarse sin una formación específica. Más de un siglo después de su creación, continúa siendo una de las piezas más representativas de una etapa decisiva en la evolución de la anestesia moderna.