A mediados del siglo XX, la ventilación mecánica atravesó una transformación que cambiaría para siempre la atención de los pacientes con insuficiencia respiratoria y marcaría un antes y un después en la anestesiología y la medicina intensiva. Detrás de ese avance estuvo Forrest M. Bird (1921–2015), un aviador, ingeniero biomédico y médico estadounidense que supo trasladar los conocimientos adquiridos en la aviación al campo de la medicina.
Su vínculo con el vuelo comenzó desde muy joven. Hijo de un piloto de la Primera Guerra Mundial, realizó su primer vuelo en solitario con apenas catorce años y, antes de alcanzar la mayoría de edad, ya contaba con diversas certificaciones como piloto. Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió en el Cuerpo Aéreo del Ejército de los Estados Unidos, donde estudió los efectos de la altura sobre el organismo y desarrolló reguladores de oxígeno de presión positiva y trajes antigravedad para pilotos.
En una de sus misiones recibió la orden de trasladar a Estados Unidos un bombardero alemán Junkers Ju 88 capturado para que pudiera ser estudiado. Al inspeccionar la aeronave quedó fascinado por su sistema de suministro de oxígeno. Mientras los pilotos aliados utilizaban máscaras de flujo libre que les permitían operar hasta unos 28.000 pies de altura, el sistema alemán empleaba oxígeno a presión positiva, lo que hacía posible volar alrededor de 35.000 pies con mayor seguridad y otorgaba una importante ventaja táctica en combate. Bird llevó aquel regulador a su laboratorio, estudió su funcionamiento y logró perfeccionarlo. Sin saberlo, ese mecanismo se convertiría en el punto de partida de una revolución médica.
Su creciente interés por la fisiología respiratoria terminó de consolidarse tras sufrir una hemorragia ocular durante una prueba de un traje antigravedad en una centrífuga humana. A partir de esa experiencia decidió estudiar medicina con el propósito de comprender mejor el funcionamiento del organismo y aplicar sus conocimientos de ingeniería aeronáutica al cuidado de los pacientes.
En 1947 construyó un rudimentario prototipo de respirador adaptando un regulador de oxígeno aeronáutico y utilizando materiales tan simples como latas de pastel. Tras varios años de perfeccionamiento, en 1957 presentó el Bird Mark 7, considerado el primer respirador médico de producción masiva, económico, confiable y ampliamente adoptado en hospitales de todo el mundo. En una época en la que las principales alternativas eran los voluminosos pulmones de acero, el pequeño respirador verde ofreció una solución práctica, portátil y eficaz que transformó la asistencia respiratoria en quirófanos, unidades de cuidados intensivos y salas de recuperación. En anestesia podía acoplarse al Bird Mark 4 Assistor/Controller, ampliando las posibilidades de ventilación durante los procedimientos quirúrgicos.
Bird logró unir dos mundos aparentemente distantes: aplicó los principios de presión, flujo y regulación de gases que había desarrollado para la aviación al diseño de un respirador médico capaz de asistir la respiración de miles de pacientes.
Su funcionamiento era completamente neumático: utilizaba aire u oxígeno comprimido como fuente de energía, sin necesidad de electricidad. El propio esfuerzo inspiratorio del paciente podía activar el respirador, que suministraba una respiración asistida a presión positiva y luego permitía una espiración pasiva.
El éxito del Mark 7 dio origen a una familia de respiradores que continuó evolucionando durante las décadas siguientes. Entre ellos se destacó el BabyBird, presentado en 1970, cuyo diseño específico para recién nacidos permitió reducir la mortalidad de los bebés con insuficiencia respiratoria de aproximadamente un 70 % a menos del 10 %, salvando millones de vidas y convirtiéndose en uno de los mayores avances de la neonatología moderna.
Una de las características más llamativas de los respiradores Bird era su carcasa transparente. Lejos de responder a una decisión estética, Forrest Bird sostenía que médicos y técnicos debían poder observar el funcionamiento interno del equipo para comprender mejor su mecanismo, facilitar el aprendizaje y simplificar su mantenimiento. Esa filosofía de diseño convirtió al pequeño respirador verde en un equipo inconfundible dentro de hospitales y quirófanos durante décadas.
El Bird Mark 8, evolución del Mark 7, incorporó mejoras en el control de la ventilación, entre ellas la posibilidad de generar presión negativa durante la espiración, ampliando sus aplicaciones clínicas. Con el desarrollo de respiradores electrónicos cada vez más sofisticados, especialmente desde finales del siglo XX, estos equipos fueron siendo reemplazados progresivamente.
La pieza que integra la colección del Museo es un Bird Mark 8, testimonio de una innovación que transformó la asistencia respiratoria. Más que un dispositivo médico, representa el encuentro entre la ingeniería aeronáutica y la medicina, una combinación que permitió salvar millones de vidas en todo el mundo.