A comienzos del siglo XX, inducir la anestesia general seguía siendo un procedimiento lento e impredecible. La búsqueda de medicamentos capaces de actuar de forma rápida y controlada impulsó el desarrollo de una nueva familia de fármacos: los barbitúricos.
Los barbitúricos son compuestos derivados del ácido barbitúrico que producen una depresión reversible del sistema nervioso central. Dependiendo de la dosis administrada, pueden inducir sedación, sueño profundo o anestesia general. Desde su introducción clínica en 1904 revolucionaron el tratamiento de numerosas enfermedades neurológicas y psiquiátricas. Constituyeron las primeras herramientas farmacológicas verdaderamente eficaces para el tratamiento de los trastornos del sueño y el control de las crisis epilépticas. Poco después, también abrieron el campo de la anestesia intravenosa, desempeñando un papel fundamental en la inducción anestésica y transformando profundamente la práctica quirúrgica.
A lo largo de la primera mitad del siglo XX se sintetizaron más de 2.500 derivados barbitúricos, aunque solo alrededor de cincuenta llegaron a emplearse en la práctica clínica. Entre ellos, uno marcaría un verdadero punto de inflexión: el hexobarbital sódico, desarrollado en 1932 por los farmacólogos alemanes Hellmuth Weese y Walter Scharpff y comercializado por la empresa Bayer bajo el nombre de Evipan. Gracias a su elevada liposolubilidad, producía una pérdida de conciencia casi inmediata y una recuperación relativamente rápida, permitiendo inducir la anestesia en pocos segundos y facilitando el comienzo de la cirugía. Estas características lo convirtieron en el primer barbitúrico de acción ultracorta que alcanzó una amplia difusión como anestésico intravenoso y abrieron el camino al desarrollo de nuevos fármacos, como el tiopental, que pocos años después se convertiría en el agente de referencia para la inducción anestésica.
Sin embargo, el interés despertado por el Evipan no se limitó al quirófano. Su capacidad para inducir un estado intermedio entre la vigilia y la inconsciencia, acompañado de relajación, somnolencia y amnesia, despertó rápidamente el interés de los psiquiatras. A partir de 1935 comenzaron a publicarse trabajos sobre su empleo en pacientes con enfermedades mentales y, en 1938, el médico A. M. G. Campbell describió su utilización como ayuda para la psicoterapia. Bajo los efectos del fármaco, los pacientes disminuían su ansiedad y sus mecanismos de inhibición, facilitando la expresión de recuerdos, conflictos emocionales y experiencias traumáticas durante las entrevistas clínicas. Estas técnicas, conocidas posteriormente como narcoanálisis o narcosíntesis, también emplearon otros barbitúricos de características similares.
El Evipan también desempeñó un papel en los primeros años de la terapia electroconvulsiva. Antes de la incorporación rutinaria de anestésicos y relajantes musculares, las convulsiones provocadas por el tratamiento podían ocasionar fracturas, luxaciones y otras lesiones traumáticas. La administración previa de Evipan permitió desarrollar las llamadas electroconvulsiones modificadas, reduciendo la intensidad de las contracciones musculares sin impedir el efecto terapéutico buscado.
Como ocurrió con la mayoría de los barbitúricos, el entusiasmo inicial fue dando paso a una mayor cautela. Sin embargo nunca lograron superar por completo sus principales limitaciones: un estrecho margen terapéutico, el desarrollo de tolerancia y dependencia, y el elevado riesgo de intoxicación por sobredosis. Durante varias décadas estos fármacos fueron utilizados con enorme frecuencia, pero también se convirtieron en una causa habitual de intoxicaciones accidentales y suicidios. En algunos casos, el llamado fenómeno del automatismo hacía que los pacientes olvidaran haber ingerido una dosis y la repitieran involuntariamente, provocando intoxicaciones potencialmente mortales. La creciente preocupación por estos riesgos, sumada a la aparición de nuevos psicofármacos para el tratamiento de las enfermedades psiquiátricas y de anestésicos intravenosos más seguros, aceleró su reemplazo a partir de la década de 1950. Finalmente, el Evipan fue retirado del mercado hacia finales del siglo XX, aunque su importancia histórica permanece intacta.
Aunque el Evipan barbitúrico desapareció del mercado, el nombre comercial EVIPAN continúa utilizándose en la actualidad para un medicamento destinado al tratamiento de la hiperacidez gástrica. Se trata de un fármaco completamente diferente, sin relación farmacológica con el hexobarbital sódico desarrollado por Bayer en 1932.
El ejemplar conservado en nuestro museo testimonia un momento decisivo en la evolución de la medicina. El Evipan no solo inauguró una nueva etapa en la anestesia intravenosa, sino que también refleja una época en la que un mismo medicamento encontró aplicaciones en la cirugía, la neurología y la psiquiatría. Su historia ilustra cómo la innovación farmacológica amplió las posibilidades terapéuticas de la medicina y, al mismo tiempo, impulsó una comprensión cada vez mayor sobre la importancia de la seguridad, la dosificación y el uso responsable de los fármacos.