Pinza tiralengua de Berger
A finales del siglo XIX, uno de los grandes desafíos de la anestesia, además de lograr que el paciente perdiera la conciencia sin dolor, era mantener permeable la vía aérea durante toda la intervención. Los anestésicos inhalatorios, como el éter y el cloroformo, producían una profunda relajación muscular que favorecía el desplazamiento de la lengua hacia la pared posterior de la faringe, obstruyendo el paso del aire y poniendo en riesgo la vida del paciente. En aquella época era frecuente describir este cuadro diciendo que el paciente «se tragaba la lengua». Aunque se trataba de una expresión ampliamente utilizada, el problema consistía en el desplazamiento de la lengua hacia la pared posterior de la faringe, favorecido por la pérdida del tono muscular, que obstruía el paso del aire.
Antes de la aparición de las cánulas orofaríngeas, la intubación endotraqueal y los respiradores modernos, los anestesistas disponían de recursos muy limitados para resolver esta situación. Los manuales de la época describían maniobras de extensión de la cabeza, adelantamiento de la mandíbula, abrebocas y diversos modelos de pinzas destinadas a sujetar la lengua y traccionarla hacia adelante. Su objetivo era sencillo pero fundamental: mantener permeable la vía aérea mientras el paciente permanecía anestesiado.
Las primeras pinzas tiralengua comenzaron a difundirse hacia la década de 1880 y, en pocos años, aparecieron numerosos diseños. Entre ellos se encontraban los modelos de Esmarch, Young, Collin, Carmalt y Berger, cada uno con pequeñas diferencias en la forma de sujetar la lengua, aunque todos perseguían el mismo propósito: asegurar una ventilación adecuada con el menor traumatismo posible.
La pieza conservada en nuestro museo corresponde al modelo atribuido al cirujano francés Paul Berger (1845–1908), profesor de Clínica Quirúrgica de la Facultad de Medicina de París y una de las figuras más destacadas de la cirugía francesa de finales del siglo XIX. Berger perteneció a la generación que vivió la revolución introducida por la antisepsia de Joseph Lister, un período en el que la cirugía incorporó nuevos métodos de esterilización, técnicas operatorias más seguras y una profunda renovación del instrumental quirúrgico.
Aunque no fue anestesista, Berger trabajó en una época en la que la anestesia ya era una herramienta inseparable de la cirugía y mostró un particular interés por mejorar la seguridad de los procedimientos. Hacia 1900, los catálogos franceses de instrumental médico ya incluían la «Pince tire-langue du Professeur Berger» dentro de la sección dedicada específicamente a la anestesia, lo que demuestra el reconocimiento alcanzado por este diseño.
La pinza Berger medía aproximadamente catorce centímetros y estaba formada por dos ramas articuladas con anillas para los dedos. Una de sus mandíbulas terminaba en dos pequeñas garras que encajaban sobre una superficie ovalada provista de escotaduras en la rama opuesta. Un sistema de bloqueo mantenía la presión sin necesidad de que el operador ejerciera fuerza de manera continua, permitiendo conservar la lengua adelantada durante toda la intervención.
Su utilización era relativamente sencilla. Cuando el paciente presentaba respiración dificultosa, cianosis o signos de obstrucción de la vía aérea, el anestesista abría la boca, sujetaba la parte anterior de la lengua con la pinza y la traccionaba hacia afuera. En algunos casos, la pinza permanecía colocada durante toda la operación. Incluso los primeros equipos de respiración artificial, como el Pulmotor desarrollado por Dräger a comienzos del siglo XX, recomendaban traccionar previamente la lengua mediante una pinza antes de colocar la mascarilla de ventilación, reflejando el papel que esta maniobra desempeñaba en el manejo de la vía aérea.
A pesar de su utilidad, las pinzas tiralengua no estaban exentas de inconvenientes. La lengua es un órgano muy vascularizado y delicado, por lo que una presión excesiva podía provocar laceraciones, hematomas, edema o sangrado. Con el tiempo, algunos anestesistas comenzaron a considerar que se trataba de un método traumático y buscaron alternativas menos agresivas para mantener abierta la vía aérea.
La difusión de las maniobras de adelantamiento mandibular, el desarrollo de las cánulas orofaríngeas y, posteriormente, la incorporación de la laringoscopia y la intubación endotraqueal y la máscara laríngea transformaron por completo el manejo de la vía aérea. Estas innovaciones permitieron controlar la respiración del paciente de forma mucho más segura y eficaz, haciendo que el uso rutinario de las pinzas tiralengua desapareciera progresivamente de la práctica anestésica. Sin embargo, algunos modelos continuaron empleándose en cirugía oral y otorrinolaringología para sujetar y retraer la lengua durante determinados procedimientos.
La pinza tiralengua de Berger evoca una época en la que la observación clínica, la habilidad manual y el ingenio eran los principales recursos para enfrentar situaciones potencialmente fatales. Su historia permite comprender cómo la evolución del manejo de la vía aérea fue uno de los pilares sobre los que se construyó la anestesiología moderna.