Pulmotor
DrägerPocas funciones son tan indispensables para la vida como respirar. Ocurre de manera automática, tanto despiertos como dormidos, y rara vez pensamos en ello hasta que se vuelve insuficiente o desaparece. Sin embargo, detrás de cada respiración ocurre un mecanismo complejo.
Hoy sabemos que el aire entra y sale de los pulmones gracias a un delicado juego de presiones generado por los movimientos del tórax y el diafragma. Pero comprender cómo funciona este proceso, de qué depende y cómo restaurarlo cuando se detiene fue uno de los grandes desafíos de la medicina.
Los primeros intentos de reactivar la respiración se remontan al antiguo Egipto, donde ya se intentaba reanimar a víctimas de ahogamiento introduciendo una caña en la garganta e insuflando aire en los pulmones. Siglos después, las observaciones de Galeno aportarían una de las primeras explicaciones sobre cómo se controlaba este proceso. Como médico de los gladiadores romanos, observó que quienes sufrían heridas a la altura del cuello dejaban de respirar de inmediato, mientras que aquellos lesionados más abajo conservaban la respiración. A partir de estas observaciones concluyó que el control de la respiración dependía del cerebro.
A medida que se comprendían mejor los mecanismos que hacen posible la respiración, surgieron también nuevos métodos para asistirla. En este contexto, Paracelso realizó el primer intento registrado de ventilación mecánica utilizando un fuelle para insuflar aire en los pulmones, una idea que anticipó el principio fundamental de los futuros respiradores mecánicos.
Sin embargo, durante mucho tiempo no existió consenso sobre cómo debía realizarse la reanimación respiratoria. La falta de consenso favoreció que coexistieran métodos tan diversos como cuestionables: si bien algunos médicos defendían la respiración boca a boca y otros utilizaban fuelles, muchos seguían convencidos de que los estímulos intensos podían devolver la vida. Así, se hacía rodar a las personas sobre barriles, se las colocaba boca abajo sobre caballos al trote, se las exponía a ruidos fuertes, luces brillantes dirigidas a los ojos o incluso se las quemaba con hierros calientes.
El siglo XVIII transformó profundamente la comprensión de la respiración. El descubrimiento del oxígeno y de los demás componentes del aire permitió demostrar que respirar era un proceso químico mediante el cual el organismo consume oxígeno y libera dióxido de carbono. Este hallazgo modificó los intentos de reanimación, ya que dejó de considerarse suficiente simplemente insuflar aire en los pulmones: era necesario aportar aire fresco y eliminar el aire espirado.
A pesar de los avances en la comprensión de la respiración, durante el siglo XIX la reanimación siguió dependiendo de dispositivos artesanales y técnicas poco estandarizadas. La búsqueda de un método seguro, eficaz y reproducible para asistir la respiración en casos de ahogamiento, intoxicación o asfixia encontró una nueva respuesta a comienzos del siglo XX, cuando el ingeniero alemán Heinrich Dräger observó la necesidad de reanimar a personas intoxicadas por gases y desarrolló el Pulmotor: un dispositivo destinado a asistir la respiración de víctimas de accidentes mineros, ahogamientos, electrocuciones e intoxicaciones. El aparato utilizaba oxígeno comprimido para generar de manera automática fases alternadas de inspiración y espiración.
Para reproducir el ritmo respiratorio, Dräger recurrió a conocimientos adquiridos mucho antes de dedicarse al desarrollo de equipos médicos. Como experto relojero, estaba familiarizado con mecanismos capaces de mantener movimientos precisos y regulares en el tiempo. Inspirado en esos principios, diseñó un sistema de control que mantenía una duración constante de las fases de inspiración y espiración, imitando el ritmo natural de la respiración.
Aunque el modelo original presentaba limitaciones, su hijo Bernhard Dräger y el ingeniero Hans Schröder introdujeron mejoras que redujeron la reinhalación del aire espirado y permitieron adaptar mejor el funcionamiento del aparato a cada paciente. Gracias a estas innovaciones, el Pulmotor pudo fabricarse en serie y se difundió ampliamente en los servicios de rescate de todo el mundo.
El éxito del Pulmotor trascendió el ámbito médico. Durante décadas fue incorporado por bomberos, servicios de rescate, ambulancias, balnearios e incluso vagones sanitarios ferroviarios. Su amplia difusión convirtió a este aparato en uno de los símbolos de la reanimación de emergencia de la primera mitad del siglo XX.
Después de miles de años de intentos por comprender cómo respiramos y cómo devolver la respiración a quienes la habían perdido, el Pulmotor representó un cambio de paradigma: por primera vez una máquina portátil podía realizar de forma automática una función vital. Su desarrollo marcó el inicio de la ventilación mecánica moderna y abrió el camino a los respiradores que hoy se utilizan en hospitales de todo el mundo.